9 de junio de 2025

Yo y Las Mil y una Noches...

Leer el libro de “
Las mil y una noches” es como adentrarse en un mundo de maravillas infinitas, donde cada rincón guarda un cuento, cada sombra una promesa y cada palabra una lámpara mágica encendida. Es un regalo para el espíritu, un banquete de imaginación servido con dátiles dorados y jarras de vino de granada.
Desde las primeras páginas, uno queda atrapado por el arte de Sherezade, la narradora de narradoras, que salva su vida noche a noche tejiendo historias dentro de historias, como una bordadora que no quiere terminar jamás su tapiz. Cada cuento es un universo, y dentro de ese universo hay otro, y luego otro, como cajas talladas con delicadeza por manos sabias. Un pescador pobre encuentra un ánfora con un genio, y el genio cuenta su propia historia, que a su vez remite a un sabio de la India, y este a un rey chino... y así, hasta que uno se rinde feliz, navegando sin rumbo fijo entre maravillas.
Qué decir de Bagdad, ciudad de ciudades, que brilla como un brazalete de oro al sol del relato. Sus mercados, sus baños públicos, sus barrios humildes y sus palacios espléndidos se describen con tanto color y detalle que uno siente el aroma del incienso y escucha el tintinear de los brazaletes de las mujeres. Mujeres que son, en estas páginas, tan bellas como astutas, tan valientes como encantadoras: princesas que dominan las artes y los enigmas, esclavas que ríen con picardía, enamoradas que se arriesgan por amor, y todas ellas inolvidables
Y allí, entre todos, el gran califa Harún al-Rachid, que recorre sus calles disfrazado, como un dios curioso que quiere probar el alma de su pueblo. Es sabio, justo, y en muchas noches se deja llevar por la poesía, por la música, por la historia de algún viejo mendigo que, por el arte de la narradora, resulta ser un príncipe disfrazado. La generosidad abunda en este mundo como el agua en el Tigris: hay quien da su fortuna por un gesto noble, quien rescata a un desconocido sólo porque así lo quiere Alá, el clemente, el misericordioso. Sí, también hay pillos, estafadores, malvados con ojos de serpiente, pero hasta ellos parecen necesarios para que el equilibrio de este universo de fábula se sostenga.
Y luego está otro personaje, el inigualable, el incansable, el afortunado Sinbad el Marino, cuyas aventuras harían palidecer a Ulises. Sus relatos están adornados de gigantes, monstruos, islas errantes y pájaros colosales, y sin embargo, detrás de cada exageración brilla una verdad geográfica o histórica: el comercio en el Índico, las rutas del este de África, los peligros de los estrechos. Leerlo es aprender sin darse cuenta, entre sospechas y asombro.
Las mil y una noches no es sólo un libro. Es un mundo entero, una época viva, una fiesta que no termina. Leerlo hoy sigue siendo tan grato como debió de serlo hace siglos: uno se sienta con el libro en las manos y, de pronto, no está solo, sino rodeado de mercaderes, encantadores de serpientes, músicos, poetas, esclavas danzarinas, sabios persas y piratas malayos. Es una lectura que no se agota, que siempre tiene otra historia que contar. ¿Y no es eso, al fin y al cabo, la más deliciosa de las magias?
Porque leer “Las mil y una noches” es como abrir un cofre lleno de joyas encantadas: no hay relato que no brille, no hay página que no murmure secretos antiguos. Cada historia es una puerta que se abre al asombro, una promesa de maravillas y de humanidad. Su lectura es un gozo constante, un viaje interminable por los caminos dorados de la imaginación oriental.
Entre las maravillas que ofrece esta obra sin par, brillan con luz propia las princesas, figuras de una belleza tan sublime que hasta el aire parece perfumado al mencionarlas. Aunque sus rostros se ocultan tras delicados velos, sus gestos, su voz, su mirada entre pestañas largas y negras, bastan para enamorar al héroe y al lector. No son meras bellezas de salón: son mujeres que aman con la intensidad de los desiertos ardientes y la generosidad de los oasis escondidos. Capaces de sacrificarlo todo —un reino, una identidad, incluso su libertad— por un amor verdadero, estas princesas son heroínas completas, tejidas de fuego y dulzura, de misterio y fidelidad. Algunas han sido raptadas por efrits, otras viven encerradas en torres de jade o jardines encantados, pero todas aguardan, con dignidad y esperanza, la llegada del momento en que puedan amar sin cadenas.
Y si las princesas son reinas del corazón, las hadas lo son del misterio. Ninguna como Peri-Banú, la reina del mundo subterráneo, la que vive entre columnas de cristal y techos de zafiro, rodeada de servidores invisibles y fuentes de agua viva. A pesar de su naturaleza mágica y su inmenso poder, se enamora de un hombre mortal y por él atraviesa los límites entre los mundos. Su historia —tan bella como melancólica— es un canto al poder del amor que trasciende incluso la frontera entre lo real y lo sobrenatural.
En estas páginas también surca los cielos la mítica alfombra mágica, tejido volador que transporta a los protagonistas más allá del tiempo y del espacio. Pura fantasía, sí, pero ¿quién no ha soñado con elevarse sobre la ciudad dormida, ver las torres de Bagdad desde las alturas, y partir rumbo a reinos ignotos, llevados por los hilos invisibles de un tapiz encantado? En Las mil y una noches, volar es posible, y no hay deseo que no pueda ser imaginado.
Pero esta obra no es sólo un desfile de lo fantástico. También hay historias humanas, profundamente terrenales, que muestran la riqueza y la convivencia de culturas y credos. En el famoso cuento del jorobado, por ejemplo, se cruzan los destinos de un corredor cristiano, un médico judío y varios personajes musulmanes, todos envueltos en una cadena de malentendidos y accidentes hilarantes. A través del humor y la complicación de las situaciones, se dibuja una ciudad donde la convivencia era un hecho, donde un cristiano podía curar a un musulmán, un judío dar consejo a un visir, y todos ser escuchados por el califa. En una época que hoy nos parece lejana, florecía la tolerancia más que el odio, y el respeto por la sabiduría del otro superaba las barreras religiosas. Ese mundo plural, donde las diferencias se mezclaban como especias en un mismo guiso, resplandece en cada relato.
La magia de Las mil y una noches reside también en esa asombrosa diversidad: hay cuentos de amor y de guerra, de comerciantes y mendigos, de genios que conceden deseos y de sabios que enseñan con proverbios. Hay fábulas morales, tragedias secretas, comedias desenfrenadas y relatos místicos. Y en cada uno late una verdad profunda: la vida es cambiante, el destino caprichoso, pero el corazón humano es capaz de hazañas que rivalizan con la magia.
Volver a este libro —o leerlo por primera vez— es como aceptar una invitación nocturna a un jardín iluminado por lámparas de aceite. Nos sentamos junto a Sherezade, y ella, con su voz suave, nos dice: “Escucha, que esta historia es tan antigua como el mundo, pero tan nueva como tu último sueño”. Y allí quedamos, encantados, atrapados, agradecidos. Porque Las mil y una noches no envejece, no se gasta, no se apaga. Es y será siempre una de las más dulces delicias que puede ofrecernos la lectura.

Jenofonte

7 de junio de 2025

Clase de dibujo

Ya no recuerdo cuantos años tenía, once tal vez, y estaba en la clase llamada pretenciosamente “Artes Plásticas”. Los útiles eran un block de dibujo, lápiz grafito N°2, goma, sacapuntas y lápices de colores.

El profesor, —cuyo nombre he olvidado, y sinceramente no lamento hacerlo—, entraba a la sala, se sentaba tras el escritorio y pasaba lista. Habiendo dicho “presente” todos los presentes, pegaba con un chinche, en la pizarra, el dibujo que debíamos copiar…

En eso consistía su método pedagógico, en proporcionarnos un modelo, que podía ser cualquier objeto inanimado, una manzana, por ejemplo. Entonces comenzaba la acción, el supuesto traspaso, vía lápiz, de la roja manzana al papel en blanco.

Yo, con poquísimo entusiasmo —pues conocía perfectamente mis limitaciones en cuanto al dibujo— comenzaba a trazar en la hoja del block la supuesta forma del modelo. Nunca logré que ojos y mano trabajaran de común acuerdo para copiar el dichoso objeto. Lo que aparecía en el papel era una forma indefinida, semi esférica, semi cualquier cosa, pero claramente alejada de toda semejanza con el modelo.

No lo sabía en ese momento, pero ahora estoy convencido de que el resultado estaba más cerca del crimen gráfico que del arte.

De todos modos, presentado el fruto del esfuerzo de media hora, la hoja era devuelta con la nota en la esquina; un 4.

Un 4 en la clase de Artes Plásticas equivalía a un 1 en cualquier otra asignatura. Era la calificación que se reservaba para el trabajo abiertamente deficiente. Se suponía que aquella materia era secundaria, un ramo al que nadie daba mayor valor: ni el sistema, ni —por supuesto— los estudiantes.

Jamás se me explicó cómo tomar el lápiz, cómo observar la proporción, cómo se mide una curva con la vista o por qué la sombra cae donde cae. Dibujaba por inercia, como topo romántico en la penumbra. Estaba en una clase de dibujo donde nadie me enseñó jamás a dibujar, y sin embargo debía asistir y cumplir con gastar hojas de block y lápices, para ser evaluado, estoy seguro, con el mismo entusiasmo con que trataba de dibujar.

Debo decir, en mi defensa, que a veces trataba de poner todo mi empeño en el dibujo, pero la relación empeño/resultado nunca funcionó, y la clase de Artes Plásticas significaba tan solo un feroz e inevitable aburrimiento.

Tiempo después supe que el profesor era, nominalmente, “Profesor de Dibujo Artístico”. Me pareció un título tan adecuado como irónico. Algo en la línea de llamar “Educación Física” —a un simple correr dando vueltas al patio de la escuela. El título parecía ideado no para describir una función, sino para encubrir su completa ausencia.

Y, sin embargo, en esa clase aprendí algo que no figuraba en ningún programa: que hay profesores que enseñan sin querer, y otros que, queriendo o no, simplemente no enseñan. El profesor de dibujo, impávido tras su escritorio, logró al menos una cosa: convertirme en experto en no aprender a dibujar.

Jenofonte


5 de junio de 2025

El incienso y las cenizas

 
Yo iba a catecismo los sábados por la tarde, como a las cinco. Con los zapatos recién lustrados, el pelo bien peinado y vestido como correspondía para ir a una iglesia. Tenía esa edad en la que hay más preguntas que respuestas, pero en aquel salón poco iluminado eso no importaba. En el catecismo, las preguntas no estaban bien vistas.
El catequista, que era delgado y tenía voz de campana vieja, nos hablaba de misterios. El misterio de la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación, el misterio del pecado original. Todos eran “misterios” —una palabra que al principio me intrigaba, como si fueran parte de una novela de detectives—, pero que pronto aprendí que no se buscaba resolver, sino aceptar. Si uno preguntaba por qué Dios castigó a toda la humanidad por culpa de Adán y Eva, la respuesta era siempre la misma: un suspiro resignado y un “Es un misterio, y los misterios se aceptan con fe”. Yo asentía, pero por dentro sentía la comezón de una duda que no encontraba dónde rascar.
Después del catecismo venían las clases para ser acólito, en la sacristía con olor a cera fría y madera antigua. Allí, el padre Justo —un hombre de cejas tupidas y mirada que parecía juzgar incluso cuando sonreía— nos hacía ensayar el Confiteor, el Agnus Dei, el Dominus vobiscum. Todo en latín, lengua que nos sonaba a piedra seca, sin sentido ni música. Recitábamos como loros entrenados, sin entender ni una sola palabra. A veces uno se equivocaba y decía “spíritu tuó” en vez de “spíritu tuo”, y el padre hacía un gesto de desaprobación, con sus intimidantes cejas, que nos hacía esconder la cabeza entre los hombros. Yo repetía los sonidos como un conjuro antiguo, esperando que, al repetirlos lo suficiente, pudieran algún día revelarme su contenido. Pero no. Nunca lo hicieron.
Un día nos hablaron de los pecados capitales. Eran siete, como los enanitos, pero nada tenían de simpáticos. La lujuria, por ejemplo, era un concepto tan lejano para nosotros como la bolsa de valores. La envidia sí la entendíamos, por supuesto. La gula un poco. Pero la pereza era más confusa: ¿era pecado quedarse en cama cuando uno estaba cansado? ¿Y qué decir de la ira? ¿Cómo que uno no podía enojarse? Las virtudes, en cambio, parecían siempre fuera de nuestro alcance: templanza, caridad, prudencia, diligencia (¿diligencia…?) Palabras grandiosas, brillantes, como ventanas por las que nunca sabríamos mirar.
De todos modos había algo. Algo en el incienso que se elevaba en la misa como una plegaria sin forma, algo en el eco de nuestros pasos en el templo vacío, algo en la luz que se filtraba por las vidrieras y teñía de azul y rojo nuestras manos infantiles. Había una belleza inexplicable, una promesa que parecía susurrarse entre los mármoles y las velas. Algo que no entendíamos, pero que, durante un instante, creíamos sentir.
Con los años, dejé de asistir. Tanto misterio incomprensible, tanta monotonía de repetir palabras a las que no encontraba sentido, me aburrió soberanamente. El latín se volvió un eco lejano —aunque aún aparece en mis recuerdos, como una vieja canción cuya letra se me quedó grabada— y los misterios ya no me pedían aceptación, sino respuestas. Respuestas que nunca llegaron.
A veces me recuerdo, pequeño y confundido, saliendo del catecismo con el peso de los pecados no cometidos sobre los hombros y la sensación de estar siendo estrechamente vigilado. Pero era un niño, y antes de haber avanzado un par de cuadras, ya me había olvidado de todo y volvía a ser el mismo despreocupado pecador de siempre.
Hoy no queda fe, si es que alguna vez la hubo. Y eso no me hace mejor ni peor que antes. Solo un poco más libre. Libre de imaginarios castigos, de culpas heredadas, de promesas incomprensibles. Incluso, hasta del miedo.

Jenofonte

2 de junio de 2025

Cuando aún éramos ayer...

No sé cuándo empieza uno a dejar de ser joven, pero cuando empezamos a hablar del pasado, es un indicio bastante claro. No significa, claro, que uno sea viejo —palabra fea, esa—, pero sí que la juventud se ha vuelto algo que solo se visita, porque ya no se habita.
El pasado fue hace un tiempo —era escolar, cuando caminaba hacia el colegio. No existía locomoción colectiva en ese entonces, solo mis pies, mis horarios que cumplir y un par de zapatos decididos a gastarse las suelas entre pavimento y adoquines.
Volví a mi ciudad después de varios años. No sabría decir cuántos con exactitud, pero los suficientes como para que la ciudad ya no me esperara, y yo tampoco la reconociera del todo. Mi sentimentalismo, que se hace el dormido, pero se despierta con cualquier olor —a pan recién hecho o a pasto húmedo—, se levantó de inmediato. Lo que recordaba dolía. Lo que había olvidado, aún más.
¿A quién conozco?, me preguntaba, mientras cruzaba la plaza como quien camina por la memoria de otro. ¿Será ese un niño que una vez corría por esta misma plaza? ¿Y esa señora, alguien que alguna vez fue niña? ¿Y ese otro? ¿Es un desconocido o un olvidado? A estas alturas es casi lo mismo, ya no conozco a nadie.
Las tiendas también me pusieron en problemas. ¿Esa estaba ya, o la estoy inventando? ¿Y esa librería, ante cuya vitrina me detenía a soñar? ¿Cómo desapareció para transformarse en local de comida rápida?
Me vi en el vidrio de esas vitrinas que aún sobreviven en el centro, las mismas que me vieron pasar hace mil años. Y me pareció —eterna ilusión del amor propio— que yo era el mismo. Apenas una versión ligeramente usada del estudiante, del niño cuya máxima preocupación en la vida era una prueba de matemáticas.
Pero lo que alguna vez me pareció inamovible —la calle, las tiendas, el aire— ya no era igual. Tantas cosas que ya no estaban, o más bien estaban, pero disfrazadas. Otro edificio. Otra fachada. Otra vitrina. Ni siquiera era yo caminando por la vereda. Solo una parte de mí que ya no sabía cómo conjugarse en presente.
Volver es eso: buscar indicios de lo que fuimos. Y tratar de no hacer preguntas muy largas para que no duelan demasiado las respuestas.
Caminé con paso lento, como quien no quiere despertarse del todo de un sueño confuso. Pero al doblar la esquina, una ráfaga de aire me trajo el olor de la panadería antigua, aunque sé que ya no está. Me sonreí. Tal vez, pensé, no se trata de volver a lo que fuimos, sino de aprender a vivir con lo que aún queda: un eco, un reflejo, una brizna de ayer que se nos cuela en el bolsillo sin pedir permiso.

Jenofonte

24 de mayo de 2025

El tiempo y la memoria

 


Hubo una época en que el tiempo tenía sonido. Un sonido leve, constante, pero con peso y presencia. En las habitaciones silenciosas, el reloj no solo marcaba las horas: las pronunciaba. Tic-tac, tic-tac. Venía de la pared del comedor, del reloj de bolsillo, del latido metálico que cuidaba el sueño en el velador. El reloj mecánico no se limitaba a decirnos la hora: la insinuaba, la recordaba, la murmuraba como quien no quiere interrumpir, pero tampoco dejarnos solos. Era un compañero discreto, siempre presente, que nos recordaba que el mundo giraba, que los minutos pasaban sin apuro, con una cortesía casi humana.

Hoy, sin embargo, el tiempo ha enmudecido. Llega desde pantallas sin alma, se desliza en dígitos fríos, parpadea desde teléfonos y relojes digitales con la impasibilidad de lo automático. No hay tic, no hay tac. Solo el número que cambia, sin ceremonia. El tiempo ya no respira: se actualiza. Nos hemos desacostumbrado a escucharlo.

Hace dos siglos, el tiempo era una fuerza que se podía domesticar. Se lo encerraba en cajas de madera, de metal, de cristal. Se lo afinaba, se lo cuidaba, se le asignaba un lugar. Hoy, en cambio, el tiempo es líquido, inasible, cada vez más veloz y menos comprensible. De ser un carruaje que avanzaba al paso, se ha vuelto autopista infinita, flujo sin rostro regido por algoritmos. Ya no lo escuchamos. Tal vez el tiempo ya no quiere que lo escuchemos.

Y en esa pérdida hay algo profundamente triste. La nostalgia por lo humano dentro de lo mecánico, por lo imperfecto que se detenía, que se atrasaba, que necesitaba de nosotros. El tic-tac era un consuelo modesto: nos decía “todavía estás aquí”, con cada segundo ganado. Y ahora, en su silencio, quizá estemos también más lejos de nosotros mismos. Pero a veces —aunque muy rara vez— uno encuentra un viejo reloj dormido en un cajón, lo toma entre las manos, le da cuerda y escucha. Y en ese primer tic, como una gota en el estanque quieto de la memoria, el tiempo vuelve a latir. No afuera, sino dentro. Como si nos recordara, sin palabras, que seguimos vivos. Y que aún hay tiempo.

Jenofonte

8 de mayo de 2025

Fantasmagoría

En una casa abandonada, olvidada por el tiempo, donde las paredes murmuran historias que nadie recuerda y el polvo guarda secretos que ya no importan, él la espera. Siempre vuelve. A veces pasan semanas sin verla, pero, aunque la ausencia pese como el silencio entre los sueños, siempre regresa con la esperanza callada de un corazón que no ha aprendido a rendirse.

Ella aparece en ocasiones, envuelta en la bruma del pasado, como el eco lejano de una canción que una vez fue escuchada y luego olvidada. Su silueta se dibuja entre la penumbra, hermosa e irreal, como un suspiro que roza el mundo sin pertenecerle. Fue alguna vez de carne y risa, pero ahora es solo niebla y memoria.

Es un amor hecho de instantes efímeros: miradas suspendidas en el tiempo, palabras que flotan sin atrever a posarse, caricias que no llegan a tocar. Él nunca puede alcanzarla, pero a veces, en medio del aire inmóvil, cree sentir el roce tibio de sus manos sobre la piel. Ella sonríe como quien recuerda lo que fue vivir, y él la ama como quien sabe que está soñando… y no quiere despertar.

Sus encuentros son breves, casi irreales. Cada despedida deja una herida que no sangra, pero tampoco cicatriza. Se buscan, se reconocen, y aunque saben que no hay un mañana que les pertenezca, se abrazan en la eternidad fugitiva de un suspiro.

Porque se aman. Aunque ella ya no camine entre los vivos, y él aún no pertenezca al reino de las sombras. Se aman con la ternura imposible de quienes entienden que hay amores que no vencen a la muerte, pero tampoco mueren del todo.

Jenofonte