9 de enero de 2023

La niña del balcón

Como hacía a diario para ir de un trabajo a otro, la sexagenaria señora detuvo a un taxi colectivo, en las cercanías de un grupo de edificios habitacionales, de ésos que llaman condominio.
Se subió al vehículo, que no llevaba otros pasajeros, en el asiento trasero, pensando en lo que debía hacer al llegar a su destino. Sin embargo, quiso la mala suerte que el conductor, un señor de cierta edad, fuese de aquellos que, como los antiguos peluqueros, no pueden hacer su trabajo con la boca cerrada, y gustan de amenizar los viajes hablando con (o a) los pasajeros. De manera que nada más partir, y tras haber cobrado el pasaje, le hizo una pregunta, mirándola por el espejo retrovisor: ¿vive usted en esos edificios?

Su pasajera, no gratamente sorprendida, le respondió con un lacónico no, tal vez para coartar cualquier intento de iniciar una conversación que ni esperaba ni deseaba. Pero eso no pareció ser un obstáculo para el conductor, sino al contrario, pareció animarlo a continuar, porque comenzó enseguida a relatarle lo que a su juicio -o a su falta de- era una jugosa historia.

”Le preguntaba, porque yo sí vivo ahí, y fíjese que pasa algo terrible. En uno de los departamentos vive una “niña” que sale al balcón desnuda”. Al no recibir respuesta alguna de su audiencia, insistió agregando algún detalle “sí, sale al balcón todos los días sin ropa, y se pone a tomar sol ahí”.
Ninguna palabra salió del asiento trasero, todavía, de modo que algo sorprendido, quiso insistir en su historia (que probablemente con otros pasajeros le reportaría largas conversaciones), pero la señora, hablando por fin, le preguntó con cierto interés en la voz: “y esta niña, ¿es fea?”

Animóse la voz y el semblante del conductor al escuchar la pregunta, y contestó no sin entusiasmo: “nooo, al contrario, es muy bonita. Y tiene todas sus cositas bien puestas”.

”Y entonces -dijo la dama, con inquisidora voz y mirándole con toda seriedad por el espejo- ¿de qué se queja?”  

”Pero es que sale desnuda...”, insistió, con voz un tanto compungida. 

La señora, mirándolo por sobre los lentes, le dijo fríamente: “yo no le veo nada de malo”.

Una mirada sorprendida primero y visiblemente molesta después, del conductor, fue la única respuesta que recibió, y un ominoso silencio cayó sobre el interior del taxi, silencio que no se rompió hasta llegar a destino, con no poca satisfacción de la pasajera.

 . 

Nota del autor: la señora poco comprensiva con los afanes conversacionales del afable conductor, era ni más ni menos que la Ceci.

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