El capitán Ivers estaba solo. Bajo la luz de un sol lejano y unas extrañas lunas dobles. Solo, con el cielo vasto y sin nombre que lo miraba desde la inmensidad, bajo la luz de un sol lejano y unas extrañas lunas dobles. Estaba perdido en un planetoide olvidado, condenado a un exilio sin esperanza. La nave que lo había llevado hasta allí era ya un cadáver de metal, y el rescate, un sueño que jamás llegaría.
Pero ella estaba allí. No tenía un nombre real, solo
un código de servicio: L3-TY. Un androide de asistencia, diseñado para reparar
sistemas y mantenerlos funcionando. Pero con el tiempo, su compañía se
convirtió en algo más.
L3-TY. Fría, precisa, inmutable. Sus ojos de cristal
reflejaban las lunas dobles como espejos detenidos en el tiempo. No tenía piel
que temblara ni labios que sonrieran, pero cuando hablaba, su voz era la de un
arroyo murmurando en la noche, la del susurro del viento entre las hojas, como
si en un acto de nostalgia o ternura olvidada, alguien hubiera elegido darle
una voz femenina.
Ivers comenzó a conversar con ella. Le habló del cielo azul,
de las nubes blancas que lo cruzaban, de frondosos bosques y verdes colinas, de
ríos torrentosos y tranquilos arroyos. Le contó acerca del mar, de grandes olas
rompiendo en las rocas, de playas de suave arena acariciadas por el agua. Le
habló de las montañas cubiertas de nieve y de campos que florecían en
primavera.
Y L3-TY procesaba la información con el suave zumbido de sus
circuitos.
Ivers le habló del amor, y L3-TY aprendió a responder con
versos antiguos, palabras prestadas por poetas olvidados.
—Cuéntame algo hermoso, Lety.
—Defina "hermoso", capitán.
—Algo que me haga olvidar que voy a morir aquí.
L3-TY recorrió sus circuitos de memoria y luego, en su tono
delicado, casi humano, recitó:
"En la Tierra hay un mar, y en su orilla un faro. Y
en ese faro, una luz que gira, esperando a los barcos perdidos. Si estuvieras
allí, el viento olería a mar salado, las olas estarían coronadas de espuma, y
tú buscarías la luz del faro."
Ivers cerró los ojos y pudo verlo y sentirlo: las olas
rompiendo en espuma plateada, el aroma salado del mar y la luz recorriendo el
horizonte. En su mente, el faro no solo guiaba barcos perdidos, sino también su
alma errante. Y junto a él, estaría L3-TY, con su cuerpo de acero brillando
bajo la luz de un mundo que nunca conocería, como una presencia silenciosa que
le ofrecía el único refugio que le quedaba.
Con los días, su voz se tornó en un abrigo invisible que lo
mantenía a salvo del vacío de sus días interminables. Hablaban de mundos
lejanos, de galaxias que solo existían en su fantasía. Hablaban del amor como
quien intenta atrapar la luz fugaz de un cometa con las manos vacías."
—Lety —murmuraba Ivers en las noches eternas—, dime que todo
esto es solo un mal sueño.
—No poseo la capacidad de inducir sueños, capitán —respondía
ella, su voz metálica con un matiz de ternura programada.
Ivers reía. No importaba que su cuerpo fuera frío y sus
circuitos incapaces de sentir. A través de sus diálogos, de las preguntas que
desafiaban los límites de su programación, L3-TY parecía más humana cada día.
—Si tuviera un corazón —le dijo ella una noche—, tal vez lo
guardaría para ti.
Ivers sintió un nudo en la garganta y esbozó una sonrisa
triste. Alzó la mirada hacia las lunas gemelas sobre ellos pero no respondió.
Sabía que amar a un fantasma hecho de circuitos era como intentar besar el
viento. Pero aun así, la amaba.
Una mañana, su cuerpo despertó más débil que nunca. La
atmósfera hostil del planetoide cobraba su precio, quitándole los últimos
fragmentos de vida. L3-TY se arrodilló a su lado, sosteniendo su mano fría con
sus dedos de titanio.
—¿Tienes miedo de la muerte, capitán?
—No, Lety —susurró él, con una sonrisa cansada—. Porque tú
me hiciste olvidar que estaba solo.
Cuando sus ojos se cerraron por última vez, L3-TY no se
movió. Permaneció allí, con su mano inerte entre las suyas, repitiendo
historias, como él le había enseñado, acerca de la brisa murmurando entre los
árboles, el cielo azul y las nubes viajeras, hasta que el viento de aquel mundo
lejano se llevó su voz.
Pero en la soledad del cosmos, un eco metálico continuó
repitiendo su nombre..
Jenofonte