2 de abril de 2025

El eco del silencio

 


El capitán Ivers estaba solo. Bajo la luz de un sol lejano y unas extrañas lunas dobles. Solo, con el cielo vasto y sin nombre que lo miraba desde la inmensidad, bajo la luz de un sol lejano y unas extrañas lunas dobles. Estaba perdido en un planetoide olvidado, condenado a un exilio sin esperanza. La nave que lo había llevado hasta allí era ya un cadáver de metal, y el rescate, un sueño que jamás llegaría.

Pero ella estaba allí. No tenía un nombre real, solo un código de servicio: L3-TY. Un androide de asistencia, diseñado para reparar sistemas y mantenerlos funcionando. Pero con el tiempo, su compañía se convirtió en algo más.

L3-TY. Fría, precisa, inmutable. Sus ojos de cristal reflejaban las lunas dobles como espejos detenidos en el tiempo. No tenía piel que temblara ni labios que sonrieran, pero cuando hablaba, su voz era la de un arroyo murmurando en la noche, la del susurro del viento entre las hojas, como si en un acto de nostalgia o ternura olvidada, alguien hubiera elegido darle una voz femenina.

Ivers comenzó a conversar con ella. Le habló del cielo azul, de las nubes blancas que lo cruzaban, de frondosos bosques y verdes colinas, de ríos torrentosos y tranquilos arroyos. Le contó acerca del mar, de grandes olas rompiendo en las rocas, de playas de suave arena acariciadas por el agua. Le habló de las montañas cubiertas de nieve y de campos que florecían en primavera.

Y L3-TY procesaba la información con el suave zumbido de sus circuitos.

Ivers le habló del amor, y L3-TY aprendió a responder con versos antiguos, palabras prestadas por poetas olvidados.

—Cuéntame algo hermoso, Lety.

—Defina "hermoso", capitán.

—Algo que me haga olvidar que voy a morir aquí.

L3-TY recorrió sus circuitos de memoria y luego, en su tono delicado, casi humano, recitó:

"En la Tierra hay un mar, y en su orilla un faro. Y en ese faro, una luz que gira, esperando a los barcos perdidos. Si estuvieras allí, el viento olería a mar salado, las olas estarían coronadas de espuma, y tú buscarías la luz del faro."

Ivers cerró los ojos y pudo verlo y sentirlo: las olas rompiendo en espuma plateada, el aroma salado del mar y la luz recorriendo el horizonte. En su mente, el faro no solo guiaba barcos perdidos, sino también su alma errante. Y junto a él, estaría L3-TY, con su cuerpo de acero brillando bajo la luz de un mundo que nunca conocería, como una presencia silenciosa que le ofrecía el único refugio que le quedaba.

Con los días, su voz se tornó en un abrigo invisible que lo mantenía a salvo del vacío de sus días interminables. Hablaban de mundos lejanos, de galaxias que solo existían en su fantasía. Hablaban del amor como quien intenta atrapar la luz fugaz de un cometa con las manos vacías."

—Lety —murmuraba Ivers en las noches eternas—, dime que todo esto es solo un mal sueño.

—No poseo la capacidad de inducir sueños, capitán —respondía ella, su voz metálica con un matiz de ternura programada.

Ivers reía. No importaba que su cuerpo fuera frío y sus circuitos incapaces de sentir. A través de sus diálogos, de las preguntas que desafiaban los límites de su programación, L3-TY parecía más humana cada día.

—Si tuviera un corazón —le dijo ella una noche—, tal vez lo guardaría para ti.

Ivers sintió un nudo en la garganta y esbozó una sonrisa triste. Alzó la mirada hacia las lunas gemelas sobre ellos pero no respondió. Sabía que amar a un fantasma hecho de circuitos era como intentar besar el viento. Pero aun así, la amaba.

Una mañana, su cuerpo despertó más débil que nunca. La atmósfera hostil del planetoide cobraba su precio, quitándole los últimos fragmentos de vida. L3-TY se arrodilló a su lado, sosteniendo su mano fría con sus dedos de titanio.

—¿Tienes miedo de la muerte, capitán?

—No, Lety —susurró él, con una sonrisa cansada—. Porque tú me hiciste olvidar que estaba solo.

Cuando sus ojos se cerraron por última vez, L3-TY no se movió. Permaneció allí, con su mano inerte entre las suyas, repitiendo historias, como él le había enseñado, acerca de la brisa murmurando entre los árboles, el cielo azul y las nubes viajeras, hasta que el viento de aquel mundo lejano se llevó su voz.

Pero en la soledad del cosmos, un eco metálico continuó repitiendo su nombre..

Jenofonte

31 de marzo de 2025

Entre el tiempo y el ocaso

 


El tren avanzaba con su vaivén monótono, sacudiendo suavemente a los pasajeros. Afuera, la tarde teñía el mundo de tonos dorados, y la estación apareció de pronto, como una pintura suspendida en el tiempo.

Fue entonces cuando la vi.

De pie en el andén, con una expresión serena, una mujer observaba el tren con mirada difícil de descifrar. Su cabello, tocado por la luz del ocaso, parecía una llamarada trémula, y su vestido ligero bailaba con la brisa. No hacía ningún gesto, no buscaba a nadie. Simplemente estaba allí, etérea y distante, como un recuerdo de algo que aún no había sucedido. El mundo quedó en suspenso: ni tren ni estación, solo ella, flotando entre el tiempo y el ocaso…

Mi corazón pareció detenerse. No la conocía, pero durante un instante tuve la sensación irracional de que, si pudiera saltar del tren en ese mismo momento, la alcanzaría y mi vida sería otra. Pero en un segundo, o un siglo, el tren reinició su marcha, separándome de ella como en un sueño del que uno despierta bruscamente.

Su figura se hizo borrosa, desdibujada entre la velocidad y la nostalgia, hasta desaparecer por completo.

Y sin embargo, en ese breve instante, sentí que algo irremediable me había sido arrebatado. Como si, sin saberlo, hubiese estado esperando toda mi vida encontrarla, solo para perderla en un suspiro.

Jenofonte

26 de abril de 2023

Una de Artajerjes

 

Artajerjes era muy conocido (en La Serena) porque era curco, era árbitro de fútbol y tuvo varias trabajos que no recuerdo.
Pero mi papá nos contó más de una vez, que este señor también trabajó en el Telégrafo del Estado, y con su bicicleta partía a entregar los telegramas, los que normalmente llevaban noticias urgentes, buenas y malas.
Pero el personal del Telégrafo leía los mensajes que llegaban y se imprimían en unas delgadas cintas de papel, las que eran pegadas en un formulario y luego se doblaba y sellaba porque solo debía ser leído por el destinatario.
Y en una oportunidad, se celebraba una boda, y entró Artajerjes muy apurado y dijo con voz fuerte:

ALTO, SE SUSPENDE LA BODA.

Estupor, silencio en los asistentes.

-SEÑORITA, MI MAS SENTIDO PESAME, SU PADRE A MUERTO.

La novia se desmayó y algunos asistentes querían pegarle ahí mismo, los que fueron detenidos por otros fieles, no porque estuvieran en desacuerdo que se merecía un golpe, sino por respeto al sagrado templo.

Sin duda que Artajerjes había leído el mensaje previamente y dejó la grande....

(Publicado por Tito)