4 de enero de 2013

Y claro que me detuve...


Entre tantos grises edificios,
que nos ocultan el cielo y el sol;
entre tanto muro rayado y/o graffiteado;
entre tanto basurero rebosante y tanta calle sucia;
entre tanto mozalbete con los pantalones a medio caer,
y tanta muchacha chascona y mal vestida;
encontrarse por la calle
con un ángel de ébano y luenga cabellera,
cuyo blanco,
amplio
y vaporoso vestido
baila al compás de sus cadenciosos pasos,
amerita,
yo creo/digo/afirmo,
amerita detenerse un momento
sólo para verla pasar...



(Obvio que la versión que yo vi era mejor que la de la foto...)

 .

24 de diciembre de 2012

Y Santa (o ELViejito) pasó a la historia



 Sí, pasó a la historia, al menos en Antofagasta.

En las cada vez más numerosas casas cuyos dueños deciden engalanar con luces navideñas, cual si de enormes árboles se tratara, la figura del nórdico personaje y sus rojos y acalorados trajes, ha cedido paso a un nuevo protagonista

Un protagonista que, sin embargo, está tan fuera de lugar como el gordito de rojo en nuestras tierras: el reno.

Así es, el reno, que con este nombre y un aspecto cada vez menos similar a un reno y con más apariencia de ciervo, le ha quitado al famoso Santa (lésase viejito pascuero) no sólo los jardines, los balcones y aún los techos de las casas, sino también más de algún escaparate de las grandes y pequeñas tiendas.

El reno, protagonista principal de esta navidad...



14 de diciembre de 2012

Feliz Cumpleaños hermano


Que continúes siendo bendecido con buena salud, trabajo y felicidad.
Que tengas un bonito día y que disfrutes que aun te falta para llegar a los incómodos sixties.

Abrazos de tus hermanos, sobrinos y demás familiares....


1 de noviembre de 2012

Gitanilla


Conducía aquella tarde ajeno a todo, con la paz que solo puede sentir un hombre al enfrentar una solitaria avenida, detrás de un volante.

Al llegar a un cruce, dos autos habia ya esperando la luz verde.
En el más cercano, una joven mujer miraba fijamente hacia el frente, como si nada fuera más importante que el vehículo que la antecedía.
La verdad es que lo que hacia era pretender que no veía a la pequeña niña que estaba de pie junto a su ventanilla, intentando llamar su atención.

Era una gitanilla.

Una gitanilla que -con persistencia impropia de su edad-, permanecía junto a ella, mirándola con tanta firmeza como la que la joven usaba para mirar hacia adelante.

Unos segundos después de mi llegada, sin embargo, dejó la causa por perdida, tal vez pensando que podría tener más suerte conmigo, y se acercó a mi.

Soy un hombre que ha visto, y vivido, mucho.
De modo que no me impresionó la enorme parka que la cubría, al menos tres tallas mas grande, ni la larga y raida falda que bajo ella asomaba y se extendía hasta sus pies.

No me impresionaron los piececillos desnudos, anchos por la permanente falta de zapatos, que la acercaban a mí por sobre el caliente pavimento.

Tampoco lo hizo la suciedad de su mal trenzado cabello, ni la mugre que se disputaba su cara con las marcas dejadas por alguna enfermedad.

Nada de eso pudo impresionarme.

Pero si lo hicieron sus ojos.

Sus ojos, de un pálido verde, que reflejaban mucho más que la mirada de una niña. Era una mirada profunda, triste, vieja.

Me perturbaron, esos ojos.

Me hicieron sentir mal.

Y aunque sabía que si estaba allí pidiendo era sólo porque alguien la mandaba a hacerlo, decidí darle unas monedas.

 Al buscarlas en mi bolsillo, encontré además de ellas otra cosa: unas cuantas pastillas azucaradas. (Sí, pastillas, de ésas que mi madre insiste en darme cada vez que voy a su pieza, como si aún fuese un niño).

Bajé la ventanilla, y su manito-aún más sucia que su cara- se extendió hacia mí.

Puse en ella las monedas, y también las pastillas.

Cerró la gitanilla su mano, rápidamente, pero en su frente se hizo una ligera arruga de extrañeza, al notar que había algo más que monedas en ella.

Miró entonces lo que había recibido, y como por arte de magia, sus ojos cambiaron, su rostro se iluminó, una sonrisa asomó a sus labios y volvió a ser una niña otra vez.
Un gracias con extraño acento pero lleno de alegría brotó de su boca.

Su cara alegre fue lo último que ví de ella, porque un bocinazo detrás mío me obligó a partir. La luz verde frente a mí me obligaba a irme.

.

[La niña de la foto es una gitanita de Macedonia. Es la más parecida que encontré, aunque la mirada de ésta todavía es de una niña]

14 de octubre de 2012

Misterio insondable



"Hay cosas que yo no comprendo..."
decía una canción que -de jóvenes- cantábamos en la Iglesia.
Y esas palabras siguen hoy vigentes, como entonces.

Hay cosas que yo no comprendo,
existen en este mundo misterios insondables
que escapan a mi pobre y cada vez más escaso entendimiento.

Intento imaginar el cómo
y el por qué
de estos extraños sucesos,
pero no lo consigo.
No logro entenderlos.

No consigo entender, por ejemplo,
el porqué la comida para perros pequeños
es un 15% más cara
que la de los perros de raza grande,
si al leer lo que dice el envase
se puede ver que contienen lo mismo.

Misterios insondables que escapan al saber humano...


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6 de octubre de 2012

Noche y miedo


No había luna esa noche, así es que estaba oscuro. De todos modos, la escasa luz que proporcionaba el cielo estrellado nos daba la claridad suficiente para lo que pretendíamos hacer, una audaz travesura, robar fruta en el predio grande.
Bajamos por la quebrada cuidando donde poníamos los pies, no era cosa de resbalar y terminar en el fondo, al final llegamos al bajo sin nada más que algún rasguño.
Teníamos pensado como entrar al predio, el muro de piedra estaba coronado por ramas de espino, cuyas finas agujas causaban heridas dolorosas y difíciles de sanar, así es que habíamos decidido entrar por el canal.
El canal pasaba por debajo del muro y cuando venía lleno, como en esa noche, no dejaba espacio libre entre el nivel del agua y el muro, por lo que había que pasarlo sumergidos. Sabíamos que sería complicado porque debíamos entrar contra la corriente, pero eso era una ventaja puesto que al regreso no nos costaría pasar con los sacos con fruta.
Llegamos al canal y comenzamos el trabajo de pasar, al primero lo ayudamos empujando entre dos, el segundo, uno empujando y el otro tirando, finalmente pasé con la ayuda de los otros que tiraron de mi hasta que logré pasar por el estrecho túnel contra el agua que presionaba fuertemente.
Nos sentimos felices, ya estábamos adentro. Ahora solo nos faltaba cruzar por entre los altos nogales hasta llegar al campo en el que los árboles, cargados de fruta, esperaban ser cosechados. Moviéndonos rápida y silenciosamente llenamos los sacos hasta el peso que éramos capaces de cargar.
La idea había sido buena, ahora solo nos faltaba deshacer el camino y regresar. Estábamos ya entre los nogales cuando vimos la luz de una linterna, había un guardián y no lo sabíamos. El grito de ¿quién anda ahí? nos sobresaltó, soltamos los sacos y nos tiramos al suelo. Juancho se había quedado algo atrás, al lado de un gran nogal, al que trepó como un gato. Con el Pedro estábamos a la orilla del canal y nos deslizamos por el barro hasta sumergirnos en el agua, apegados a la orilla quedábamos tapados por la yerba buena.
El guardián no quería hacernos daño, seguramente se dio cuenta de que solo éramos unos niños, así es que sacó su arma y disparó al aire para asustarnos. Con el disparo escuchamos un grito y luego el golpe de un cuerpo al dar con el suelo. Salimos del agua, el mundo se vino abajo, ya nada importaba porque ya nada había, ni fruta ni noche ni agua, solo estábamos nosotros, dos niños llorando bajo un nogal.

Jenofonte